domingo, 27 de marzo de 2016

A vueltas con los viajes interplanetarios




Este año vamos a ver toda una serie de estrenos cinematográficos que, personalmente, estaba deseando poder ver. Entre ellos destacan cintas como Victor Frankenstein, Captain  America: Civil War, Star Trek, Ben Hur o Inferno, por citar sólo unas pocas. Debo decir que el cine últimamente no me ha dejado indiferente ni mucho menos, ya que siempre hay buenas películas donde menos lo esperas. Tal es el caso de The Martian, protagonizada por Matt Damon, de quien no esperaba que me dejara pegada a la pantalla durante las más de dos horas de metraje a pesar de que el argumento (lucha por la supervivencia en un entorno hostil) no es ni mucho menos novedoso. Quiero destacar que mis expectativas en lo tocante a la parte científica tampoco han desmerecido demasiado, si bien es cierto que podemos observar ciertas licencias cinematográficas que pueden disculparse, habida cuenta de la magnífica fotografía que tiene la película. Fallos por ejemplo como el referente a la tormenta de polvo, que sería imposible que dejara aislado a nuestro astronauta y sin posibilidad de escape, dada la baja presión atmosférica del planeta rojo. No quiero dejar de mencionar el nada desdeñable toque realista – y de una gran espectacularidad – que habría sido mantenerse fiel a los atardeceres de color azul de Marte, sin duda, una visión más que impactante antes de dejar definitivamente las dunas marcianas y adentrarse en el espacio de regreso a casa. 



Está muy de actualidad en el mundo científico la colonización de otros planetas y se aproxima el momento en que veamos una misión tripulada con destino a Marte. Sin duda alguna, se trata de uno de los hitos más importantes en la era de la exploración espacial y la industria de Hollywood no ha perdido el tiempo al explorar (nunca mejor dicho) las oportunidades que dicho viaje sin retorno les proporciona, así como nos permite adelantar la imaginación de quienes amamos la ciencia espacial y ponemos toda nuestra imaginación a volar cuando se trata de observar aquello que jamás podremos llegar a ver con nuestros propios ojos. Esa es la magia del cine: llevarnos donde sólo podemos imaginar e, incluso, recrear espacios diferentes totalmente inventados, que nos ponen en contacto con civilizaciones inexistentes. Tal es el caso de Avatar, otra representación del afán humano por colonizar y dominar cualquier rincón del Universo y, con ello, a las criaturas que lo habitan en total armonía. 

Al ver Avatar por primera vez no pude evitar la sensación de que la Historia se repetía. Que los seres humanos lo único por lo que se mueven e invierten es por el poder sobre los demás (sean o no de este planeta no importa ya que lo crucial es tener dominio y privilegios sobre otros y sus tierras); James Cameron usa la tecnología 3D con gran maestría para mostrarnos que más allá de la codicia inherentemente terrícola, en realidad sólo somos pequeños individuos que pasamos por este planeta con la misma importancia que todos los demás seres que nos rodean, que podemos vivir en armonía pero, y esto es quizá lo más destacado, que no queremos ver cómo nuestra posición de privilegio es en realidad un mero espejismo. A lo largo de la Historia de la humanidad contamos con numerosos casos en los que la codicia se puso por encima de la humanidad y la lógica; baste mencionar la llamada “conquista” de América para entender de lo que hablo. 



Tanto The Martian como Avatar muestran al ser humano en lo mejor y lo peor: la capacidad de crear y usar una magnífica tecnología que nos permite evolucionar como especie y una innegable habilidad para adaptarse a las dificultades, sobreponerse a ellas y aprender. Si algo debemos sacar de ambas experiencias cinematográficas es, sin duda alguna, que somos capaces de grandes cosas porque somos una especie poderosa y fuerte pero no debemos permitir que lo mismo que nos caracteriza y nos hace únicos en nuestra especie y en nuestro estado evolutivo actual, nos lleve a la destrucción al comprometer al mismo tiempo la Naturaleza que nos rodea. Ayudemos al Planeta y vivamos en otros mundos también, ¿por qué no?, pero sin olvidar que sólo somos una mota minúscula en medio del Cosmos y que nuestro tiempo aquí es precioso y muy limitado. Hagamos algo útil y bonito con las capacidades que tenemos. 

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